Ciudad Oníria

C

Para estos seres, era extraño tener manos y pies, pues habían sido concebidos para volar. Cuando eran creados heredaban todas las características de sus dueños, especialmente la voluntad. Formaban una legión de mensajeros especiales confiados con los más importantes secretos y, desde su nacimiento, tenían una misión única y específica. Los consideraban guardianes de esperanzas.

Al momento de nacer, una llama en su interior debía ser encendida. Con la ayuda de ese fuego impetuoso, debían elevar su débil carcasa hasta lo más alto de las nubes, para llevar el mensaje que se les había entregado.

No era tarea sencilla recorrer el único camino que tenían disponible. La violencia del viento aumentaba conforme la altitud y de no ser por aquella montaña, subir, subir y subir no sería absolutamente necesario.

Era una montaña de altura divina, bosques tupidos y de permanente verde. Habitada por nubes, manantiales y vida ininterrumpida. Ejemplo de lo que pareciera ser el plan original de todo lo que nos rodea. El final de la montaña estaba más lejos que el cielo. Una línea de nubes que no podían seguir subiendo formaba un colchón grisáceo, que se asumía como el final de aquel gigante verde. Para estos seres, el principal objetivo era superar ese grueso colchón de nubes y ese día, llegó el turno de Jipo.

Jipo fue el nombre que le había dado su dueño, un niño de doce años,quien lo había creado para cumplir con una tradición de su ciudad. Una ciudad pequeña, sencilla, de gente buena y regular, que reposaba en las faldas de la imponente montaña. Todos los habitantes en su cumpleaños número doce debían adquirir un pequeño globo, colocar en su interior una carta con el sueño de sus vidas y encender la mecha interna. Por último, esperaban que el fuego hiciera su trabajo y alzase el globo hasta superar las nubes más altas de la montaña.

Jipo había nacido para ser el globo que custodiara el sueño de aquel niño, por lo tanto el mensajero y guardián de su más anhelado deseo; lo que él quería ser cuando grande.

Desde el momento que abandonaban las manos de sus dueños, quedaban por su cuenta. Jipo había llegado al momento más importante de su existencia y el margen de error no existía.

Como todo sueño, el arranque estuvo lleno de energías, todo parecía ser un aliado incondicional y el optimismo marcaba la orden del día. Jipo no tenía manera de expresar su emoción, pero su éxito era innegable como la velocidad de su ascenso. Lo llevaba cargado la voluntad de un niño de doce años con la posibilidad de un sueño hecho realidad.

El viento fue el primer un reto para Jipo. Como un representante de la realidad, lo obligaba a cambiar de rumbo hacia un camino distinto, no necesariamente malo pero sí desconocido, no deseado. Para estos seres, el error y el aprendizaje ocurría inmediatamente. Por eso Jipo pudo entender que lo vientos de cambio parecen ser duros, pero cuando te dejas llevar se convierten en esas brisas invisibles que mejor corrigen el camino.

Cabalgando sobre su aprendizaje, ahora sólo tenía en mente el colchón de nubes. Esa frontera significaba el último logro y se esperaba un encuentro con el destino justo al otro lado.

De haber tenido un derecho y un revés, se hubiese volteado para despedirse de su dueño, aunque no hizo falta. El niño sintió por los dos una despedida esperanzada y antes de que su globo se perdiera de vista agregó un último deseo, como hablándole a quien lo recibiría, que de verdad lo escuchara. Varios minutos esperó viendo a la nada, como asegurándose de que su sueño no se derrumbara.

Al pasar las nubes, la realidad fue desalentadora para Jipo. Aquel colchón no significaba el final, más de media montaña continuaba erguida y sumaba ambiciones de tocar el cielo. El lugar donde los sueños se hacen realidad parecía más distante que nunca. La altura iba acabando con el oxígeno y Jipo iba perdiendo la fuerza de su fuego interior. Podía sentir cómo la montaña se encargaba de asfixiar sus ganas, optimismo y aliados naturales, hasta obligarlo a sentarse en su costado.

Jipo no pudo contra ella y cayó en medio de muchos otros globos. En ese momento de derrota y soledad, pasó a ser parte de aquellos seres y aunque asumido triunfador por su dueño, no tuvo otra opción sino convertirse en un habitante más, de la montaña de los sueños perdidos.

Los años que pasaron fueron suficientes para que la ciudad a orillas de la montaña, sufriera Alzheimer de tradiciones. Especialmente aquella idea, ahora sin sentido, de enviar globos con sueños absurdos que nunca se cumplían. En aquella ciudad donde no ocurría nunca nada, y cada vez menos, sus habitantes fueron quedando resignados, como víctimas silentes de la montaña, a solo vivir el tiempo y olvidar sus vidas.

–Buenas noches, señor Marcos, ¿cómo está usted?

–Muy bien, señora.

–Hoy llegó un poco más tarde, pero bueno, igual nunca entiendo porque le gusta trabajar de noche. Estás en su casa, me voy a rezar y luego a acostarme.

–Buenas noches, señora.

Marcos limpiaba piscinas por profesión y prefería trabajar por las noches. El cloro que usaba le había ayudado a limpiar el agua y blanquear sus antiguos vicios. Muchas cosas en su vida las había comprado a un alto precio y ahora, a sus setenta y cuatro años, agradecía la última oportunidad que le había llegado. Aprovechaba las tranquilas aguas de una piscina por la noche para ocuparse, o realmente huir, de las terribles tentaciones que se encuentran en la oscuridad. Su oficio encajaba bien en una ciudad, sin sal ni pimienta, donde las profesiones eran propias de quien rellena el espacio de una aspiración perdida.

En sus manos estaba el largo cepillo, especialmente diseñado para remover las hojas y demás sucios que caían sobre y dentro de la piscina. Marcos pensaba que para limpiar el agua, así como el alma, lo primero que se debe hacer es quitar lo que sobra. Sino, lo bueno y lo malo se mezclan, borrando una importante línea y complicando el proceso.

Siempre empezaba igual, muy lentamente, para no perturbar el agua. Esos primeros minutos eran excelentes además, para repasar su día en busca de un aprendizaje. Por supuesto, él nunca podría saber que justo esa noche, en casa de la señora Carmen, recibiría la lección más importante de su vida.

Decenas de años lograron que el material sintético de la carcaza de Jipo, prácticamente se convirtiese en parte de la montaña. La única razón por la cual no había sido totalmente devorado era porque su número no había salido. El tiempo le había enseñado a Jipo que aquello de volar no era sólo un tema de aerodinámica, sino principalmente un logro de la voluntad y para aquellos seres de voluntad prestada, la posibilidad de emprender vuelo una vez sentados, era prácticamente imposible.

Jipo, aunque en efecto discapacitado, no había dejado de sentir nunca dentro de sí algo especial. Sentía que la llama todavía podía ser encendida. Escuchaba su interior y se reconocía un guardián de convicciones intactas con destino insatisfecho. Un nuevo plan era necesario mientras quedaran fuerzas.

La falta de opciones se había convertido, al final, en un aliado. No tenía más remedio sino buscar alternativas para lograr el único objetivo que le había sido concedido. Quizás el libre albedrío hubiese jugado en su contra.

Un torrencial aguacero días atrás, sirvió para marcar el fin de la época de sequía y limpiar un poco los alrededores de Jipo. Unas ramas secas que lo presionaban se habían ido y después de muchísimo tiempo, Jipo volvió a sentir la brisa en su carcaza, recordando con inmensa alegría el poder del viento y, sin prejuicios esta vez, estaba dispuesto a dejarse llevar.

Siete días fueron necesarios para que el viento tomara el ángulo adecuado, otros siete días para secar su interior y siete días más para que Jipo, después de muchos golpes y saltos obligados, llegara finalmente a estar debajo del inmenso colchón de nubes. El ambiente estaba despejado y la ciudad a orillas de la montaña se veía perfectamente desde allí, tranquila como siempre. A Jipo nunca le importó la razón por la cuál, luego de siete días más, su llama interna estaba encendida otra vez. Para quien quisiera filosofar al respecto, podría atribuírselo a la fuerza del sol en aquella época de sequía, a una acción divina, a un misterio de la ciencia o incluso a algo absurdo. Jipo no tenía tiempo para razonar sino para moverse. Su fuego, contra todo pronóstico estaba encendido otra vez, y como con una conciencia momentánea, pudo percatarse de que no estaba solo. El viento no solo había movido a Jipo, sino a todos los globos que estaban a su alrededor, en un esfuerzo egoísta por intervenir en el destino de esa ciudad.

Aquella noche, como un ejército de hormigas comandados por el viento y liderados por Jipo, aquellos seres, aquellos sueños, recuperaban poco a poco su fuego y se preparaban para su última marcha, hacia el lugar donde los sueños se hacen realidad.

El espectáculo era increíble, centenares de luces descendían de la montaña, con la humildad típica de las segundas oportunidades. Era una noche oscura, como a propósito para dar un contraste heroico. Algunos adultos de la ciudad, como Marcos, vieron y asumieron un incendio. Unos niños, que suelen estar más pendiente de ese tema de los sueños, eran testigos desde sus ventanas. Algunos con miedo, otros con esperanzas, pero todos con curiosidad. Jipo y su ejército no esperaban una audiencia sino un camino despejado. Sin embargo, bajar de la montaña era sólo el primer paso, el destino, la vida o el día a día, quién sabe, tenían también su batallón preparado.

Lo primero que los sueños tuvieron que enfrentar fue una infantería de prejuicios. El qué dirán a menudo se disfraza de realismo para aniquilar esperanzas tempranas. Son expertos en la destrucción de ideas y algunas veces golpean tan duro que ganan batallas. Afortunadamente representaban apenas el primer obstáculo y para Jipo, que había sobrevivido a la montaña, pasar por encima de todos los prejuicios no fue difícil. Tuvo que despedirse de algunos compañeros en esa barrera, pero no había tiempo para volver por los heridos.

La segunda prueba era un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con un escuadrón especializado, conformado por los miles de miedos que surgen, cuando el camino de un sueño es puesto delante de quién lo desea. Eran guerreros muy habilidosos, no por su fuerza ni su tamaño, sino por su capacidad de encontrar el punto débil de sus oponentes. Fue inevitable para Jipo y sus compañeros sufrir importantes bajas. Sin embargo, pudieron entender que al miedo sólo basta con mirarlo a los ojos para encontrar un antídoto.

Para Jipo, el tercer obstáculo resultó ser el más fuerte, aunque no lo parecía. No era un grupo de guerreros, ni soldados de primera fila o armas sofisticadas. Cansados de luchar contra el miedo, ahora les tocaba enfrentar a la soledad.

La existencia y supervivencia de un sueño siempre está acompañado de un periodo de soledad. Es un momento donde, a falta de un enemigo, toca enfrentarse a uno mismo. Es la prueba más dura, honesta y humilde de quien persigue un sueño. Un momento inoportuno que debe ser superado usando todas las herramientas posibles.

Allí estaba Jipo, en medio de ese campo inmenso, lleno de soledad, contando con el apoyo de todo su ejército de globos para superarlo. Cuando entendió que de él dependía el próximo paso, volvió a dejarse llevar por el viento, sólo para chocar con la última, inesperada y cuarta barrera del destino: el tiempo.

Con forma de gigante y martillo de justicia, el tiempo erguido tapaba todo el camino. Jipo lo miró, y vencido antes de empezar, se sintió ínfimo e indefenso. De haber tenido pies hubiese preferido caminar hacia atrás. Sin embargo, su testarudez obligada lo hizo esperar allí para presenciar lo imposible. El tiempo, con colosal amabilidad se quitó del camino. Reconoció la perseverancia de Jipo y sus compañeros, para dejarlos pasar y atravesar así, la última frontera entre ellos y sus dueños.

El tiempo detestaba la etiqueta de verdugo que le tenían los soñadores. No entendía el desespero de alguien que persigue una pasión, que supone ser para toda la vida. El tiempo tenía una profesión muy ingrata. Nunca sabría si Jipo entendió que fue el pasar de los años, lo que le había permitido tener lo necesario para esa segunda oportunidad. Tampoco podría saber si aquellos seres comprendían, que ahora que estaban dispuestos a cambiar sus ansias de volar, por ganas de trabajar, estaban realmente preparados para convertirse en realidad.

La sabiduría del tiempo era solo de él y normalmente no tenía inconvenientes con asumir su mala reputación, pero de vez en cuando se dejaba llevar por un egoísmo esporádico y se quitaba del camino de los sueños con mayor determinación.

Jipo sólo daba gracias por aquel acto de bondad. Ahora, todo el ejército de sueños tenía las puertas de la ciudad abierta y cada uno tomó la brisa que le correspondía, para encontrar a sus dueños.

La noche estaba muy oscura. Marcos limpiaba con filosófica concentración la piscina cuando sintió un leve roce en la pierna izquierda. Pensó inmediatamente que era uno de los veinte gatos de la señora Carmen, pero su corazón se detuvo un poco cuando se dio cuenta de que no era así.

El supuesto gato tenía más forma de globo, aunque el sucio y los golpes ocultaran su identidad. Allí estaba en el piso con una llama muy tenue en el medio. Marcos se agachó para examinarlo.

Luego de sesenta y dos años fue difícil reconocer su propia letra, pero no le quedó ninguna duda cuando en el costado se podía leer “JIPO”.

Era tan increíble que tenía que creerlo. En sus manos tenía el sueño de cuando apenas tenía doce años. Ante las dudas buscó en su interior y encontró la maltrecha carta en el pequeño bolsillo. La abrió y se dijo a sí mismo en voz alta.

–Cuando sea grande… quiero ser un cantante famoso.

Entre pensar cómo había llegado ese globo a sus manos y recordar su sueño, prefirió lo segundo. Metió sus pies en el agua y colocó a Jipo a su lado y se dignó a pensar, como lo hacía todas la noches. Cualquier milagro en su vida reciente lo premiaba con una reflexión.

Lo primero que hizo fue quitar la palabra famoso y devolverle cualquier posibilidad a su sueño. Ser un cantante, a secas, resultaba un poco menos complicado. Luego de varias horas, concluyó que la tradición perdida debía retomarse en aquella ciudad, sólo que esta vez, no enviarían los sueños a ninguna parte, era mejor mantenerlos cerca y trabajarlos todos los días. No tenía sentido apuntar al cielo cuando la tierra estaba tan cerca.

Terminó su reflexión, luego de varias horas, recordando que no había terminado de limpiar la piscina y estaba por amanecer. Se puso de pie, colocó a Jipo en una mesa que estaba allí, tratando de no apagar la débil llama que continuaba encendida. Tomó sus herramientas, las introdujo en el agua y con una canción, que sonaba a su madre, comenzó a cantar.

Luego que la primera nota abandonara la garganta de Marcos, la llama de Jipo se apagó para no volver jamás. No le haría falta; su objetivo estaba cumplido.

–¿Todavía está por aquí Sr. Marcos? –le dijo la madrugadora señora Carmen.

Marcos asintió sin dejar de cantar.

–No sabía que cantaba… y muy bonito, debo decir.

Marcos sonrió.

El tiempo había escalado la montaña para ver todo más cómodo. Justo antes del amanecer muchas casas de la ciudad tenían la visita de una pequeña luz. Era una vista llena de mucha esperanza y renacer. En aquella ciudad, cuyo nombre no había importado, los sueños y sus dueños habían hecho las paces, y desde ese momento fue conocida como: “Ciudad Oníria”.


Also published on Medium.

Por dalvareze

Your sidebar area is currently empty. Hurry up and add some widgets.