El Hombre de Hielo – Richard Kuklinski

E

—¿Usted diría que son más de veinte?.
—Definitivamente.
—¿Más de cien?.
—Definitivamente.
—¿Más de doscientos?.
—…
—¿Diría usted que fueron más de doscientos?.
—No respondería que definitivamente a eso.
—¿Podríamos decir entonces que usted mató alrededor de doscientas personas?
—Si… se podría decir.

Todo estaba perfectamente montado y preparado, como una sala de consulta psiquiátrica, donde todo parece tener un lugar perfecto y cada cosa luce con una intención oculta para analizar al paciente. La cámara estaba rodando, la iluminación ideal para un material a transmitir por televisión. El espacio era abundante, como suelen ser las reuniones imprevistas en una penitenciaria. En medio de la sala una mesa y un par de sillas. Lo único que faltaba en aquel momento, fueron las trece horas que el psiquiatra, especialista en asesinos en serie, Doctor Park Deeds, utilizaría durante cuatro días para entrar en la mente de Richard Kuklinski, un sicario de la mafia de nueva york conocido mejor como el Hombre del Hielo. En parte por su frialdad de carácter y posiblemente por su forma de iceberg enorme, imponente, que llenaba cualquier lugar al que llegara.

—Definitivamente mate más de cien hombres cuando estaba joven… antes de conocer a cualquier persona. Mataba sin razón alguna, acuchillaba, disparaba, lo que fuese.

Richard Kuklinski servía múltiples cadenas perpetuas en la prisión norteamericana de máxima seguridad, en la ciudad de Trenton, New Jersey, cuando decidió conceder una entrevista sin precedentes al Doctor Deeds.

—Tengo entendido que le gustaba matar de cerca, a quema ropa.
—A mi me gustaba que lo último que viesen antes de morir, fuera mi linda cara. Hay personas que matan y se van. Yo prefería verlo a los ojos, verlos blanquear a medida que se iban.
—¿Tenía algún lugar favorito?.
—¿Para matar?.
—Si.
—Bueno cuando están tan cerca, el lugar más cómodo tiende a ser debajo de la barbilla. Una vez le disparé a un tipo en la manzana de adán. Fue curioso porque murió ahogado.
—¿Duró mucho en morir?.
—No tanto… perdí cincuenta dólares esa noche.

—¿Pensaba que duraría más?.
—Si… el que estaba conmigo, alguien estaba conmigo y apostó lo contrario. Ganó

Kuklinski reía mirando el doctor, ignorando la cámara apuntándolo directamente. Su sonrisa no era feliz, más bien una mueca de superioridad que halaba su labio superior hacia la izquierda, haciendo que su cuidada barba se transformara en una poster de película de terror.

La vida de Kuklinski estaba dividida en tres partes fundamentales, que según el Doctor Deeds rompieron su mente y personalidad, al punto del desorden.

—¿Cuál fue la peor paliza que tu padre te dio?.
—ja, ja, ja —fue una carcajada dolorosa— no creo que haya realmente una diferencia, todas fueron igual de terrible.
—La mayoría antes de cumplir los once años ¿Correcto?.
—Si.

La infancia de Kuklinski no pudo ocurrir, estuvo muy enterrada bajo los golpes de su alcohólico padre y la permisiva de su madre, que también lanzaba escobazos cuando correspondía. Aguantó hasta que tuvo edad para irse, comenzando así, la segunda etapa de su vida. Una época de soledad y camino sin rumbo, lleno de violencia incontrolable.

—Una vez iba por la carretera, tranquilo sin molestar a nadie. Cuando de pronto unos chicos, borrachos asumo, andaban en una de estas camionetas van largas, de color negro. Pensaron que podrían jugar conmigo y comenzaron a empujarme fuera de la carretera, a detenerse en frente de mi y toda clase de estupideces. Entonces me orillé, fui hasta la maletera de mi Cadillac, saqué el revolver 357 que llevaba y me quedé parado al lado del carro. Esperando que ellos no llegaran, pero se acercaron.

Contando la historia, recuperaba su sonrisa macabra de labio torcido.

—Un error muy tonto— dijo, mientras rascaba con su dedo medio y mucha paciencia su mejilla.
—Todos murieron.

Largo silencio.

—¿Usted considera que lo que le hicieron merecía la pena capital?.
—¿Lo que me hicieron?… ¿Jugar conmigo?.

—Si, ¿Eso merecía la muerte?.
—Aparentemente, pues los mate… para mi debió serlo. Ellos querían jugar conmigo y yo no. Me hicieron enojar.

Por primera vez se le veía sin calma en la mirada.

—Usted me está haciendo enojar.
—¿Podría decirme por qué lo hice enojar?.
—Debió ser algo que dijo.
—¿Podría ser que me volví un poco moralista con usted?

El rojo de la ira se apoderaba del rostro de Kuklinski.

—Si eso fue, de hecho ya logró que me molestara.
—¿Que le provoca hacerme?.
—Eso no importa, no he llegado el punto donde haría algo estúpido.

Kuklinski trató de continuar una vida normal, aprovechó sus habilidades para convertirse en uno de los sicarios más famosos de su época. Profesión que le permitió convertirse en un tipo adinerado, tanto que pudo formar una familia de tres hijos, que a pesar de sus esfuerzos, no pudieron escapar de la violencia doméstica que rodaba en los genes de Kuklinski.

Siguió contando atrocidades sobre su próspero negocio. Fueron tantos los asesinatos que comenzó a experimentar distintos métodos. Consiguió una cueva donde podía llevar a sus víctimas, compró una cámara súper 8 para poder grabar e incluso, dejaba que las ratas lo asistieran en sus contratos.

—Eran escenas difíciles de ver —dijo Kuklinski—, no se si por los gritos, el olor o el chillido de las ratas. Era difícil de ver… pero era lo único que me hacía sentir algo, por eso lo hacía.
—¿Alguna vez fue bueno con alguien?.
—No creo.
—¿Que tal sus hijos?.
—Bueno… mis hijos… ya ese es otro tema totalmente diferente. Yo mataría a todas las personas en esta prisión por mis hijos.
—¿Usted se considera un asesino?
—¿Asesino?… ja, ja ,ja. Eso suena muy exótico. Yo solo era un sicario. Ja, ja, ja. Me estoy divirtiendo mucho, ¿lo puede notar?, la gente no va a creer esto. Van a pensar que soy una buena persona.

Antes de su próxima frase, el rostro de Kuklinski falleció.

—Yo soy… lo que la gente diría, la peor pesadilla de una persona. Mi buena apariencia hace pensar que puedes despertar, pero conmigo nunca vuelves a abrir los ojos.

Largo silencio.

—¿Por qué decidió hablar conmigo?.
—Pues… yo realmente no logro entenderme a veces y pensé que tu eras una persona altamente calificada para explicarme.
—Bueno, entonces que le parece si le damos vuelta a la mesa y ahora tu haces las preguntas.
—Interesante… ja,ja… interesante.

Kuklinski trataba de ocultar su ansiedad mordiendo su labio superior.

—Bueno ya que estamos en esas, podría hacerle un par de preguntas.
—Dispara.
—¿Que opinas tu de mí?.

##########

 

Ésta crónica la hice en cumplimiento con un ejercicio que me asignaron en el curso de introducción a la escritura creativa, que estoy haciendo en la escuela de escritores en Venezuela, a quienes felicito por la nueva página web.

Me gustaría atribuirme lo interesante del personajes de Richard Kuklinski, pero realmente solo conté a mi manera lo que se puede ver en 45 minutos de documental realizado en la penitenciaria que lo vería morir.

Acá les dejo el interesante, perturbador y atrayente  documental.


Also published on Medium.

Por dalvareze

Your sidebar area is currently empty. Hurry up and add some widgets.