Madre Guarimba

M

La señora María guardaba con humilde y secreto orgullo su habilidad para abrir los ojos unos minutos antes de que sonara el despertador. Sin embargo, desde aquel día, esperaba hasta que el sonido del aparato fuese tan intenso que la obligara a salir de la cama. Una cama que, como enviada por el demonio, desde aquel día, arrullaba su depresión con el tono macabro de toda tentación.

Hoy era diferente, y solamente hoy, tenía una misión que cumplir. Había tratado de esquivarla o quizás de acumular fuerzas, siempre esperando a que el valor llegara por su propia cuenta.

La señora María, no concebía el comienzo de su día sin un baño. A pesar de la recomendación de su hijo y el nuevo calentador que había costado tanto adquirir, siempre lo había preferido de agua fría. Los viejos hábitos nunca mueren y María nunca podría ser una persona de derroche, el agua caliente era un lujo innecesario. El calentador fue un regalo para su hijo.

En su muy pequeño y humilde hogar, entre el baño y la cocina no cabían muchos pasos. Con el cabello todavía helado y goteando, se preparaba para el desayuno. La hornilla prácticamente se encendía ante su presencia. Un girasador de metal, que era parte de su herencia, tenía más experiencia que María cocinando arepas y hoy la tarea sería fácil, solo una bastaría. El hornito ni siquiera notaría el esfuerzo para tostarla.

Se sentó a comer en automático, mientras veía la cajita que había dejado la noche anterior en el centro de la mesa. Una caja pequeña, no más grande que la palma de su mano. Nunca pensó que tendría que hacerlo, pero ella y su caja tendrían hoy, su último encuentro pendiente.

Con un poco de agua y falta de sucio, el plato que usó ya estaba limpio. Sin regresar al cuarto y con un ligero desprecio, tomó la cajita y la guardó en el apretado bolsillo delantero de su jean. En el recibo de la entrada, acompañando a los símbolos de su devoción, estaban desde ayer los implementos necesarios para su misión.

Una gorra, un pito, una bandera de su país y los zapatos de goma que poco usaba, la uniformaron. Su apariencia era inusual para ella, pero estaba acorde al resto de las personas con las que se encontraría. Se terció un bolsito con herramientas varias, pues no sabía con qué podría encontrarse.

Antes de salir, acarició un par de veces la bandera. La señora María no estaba muy de acuerdo con eso de las protestas ni las marchas, pero como su hijo se había empeñado, ella le había cocido una bandera para que él la usara. Después de todo, cuando uno va a ser las cosas debe hacerlas bien y, si su hijo iba a protestar por un país mejor, la bandera era fundamental. Por eso la había hecho con tanto cariño. Por eso la acariciaba en busca de respuestas.

Abrió la puerta de su casa y lo fresco de la mañana mejoró la primera bocanada de aire, que tenía un ligero olor a esperanza.

Afuera repuntaba el sol, pero como con pereza. Parecía refugiarse en unas nubes que ascendían para darle espacio a lo que sería un hermoso día.

—¡Ay!… mírenla pues —gritó desde la esquina la señora Rosa— ahora María se convirtió en una traidora a la patria. ¡Se dejó engañar por los ricos esos que dicen defendernos!.

La señora Rosa era simpatizante del gobierno. Había sido la mejor amiga de María, por un tema de vecindad más que todo. Sus hijos iban juntos al colegio y su fe ciega las había unido para convertirse en las máximas colaboradoras del padre y la iglesia del barrio.

María la miró y el único pensamiento que se dignó a tener fue esperar y pedir a Dios que no la dejara convertirse en una Rosa. Detestaba, con ignorancia de cuándo había ocurrido, el momento en que la política la había dejado sin una buena amiga.

Inmediatamente supo también que el camino hasta su destino sería complicado, no por lo empinado de la bajada, ni los infinitos escalones hasta la primera parada de autobús, a eso estaba acostumbrada. Su preocupación, era todo lo que le dirían las personas que habían dejado, que los supuestos gobernantes y líderes, llenaran de un odio inútil sus vidas y peor aún, sus corazones. Por sólo vestir los colores de su país, algunos la insultarían y otros la aplaudirían, pero ella sólo seguiría caminando. Fue su decisión.

Tanto ignoró al mundo confundido que la rodeaba, que vino a notar que ya estaba en el metro de la ciudad, cuando escuchó el nombre de su estación en el parlante. Se paró con dificultad, tomó las cosas que llevaba, se revisó el bolsillo para sentir el bulto de la cajita y salió justo antes de que se cerraran las puertas del transporte. Hasta allí e incluso a través del vidrio, se sentían las miradas de todos. Las emociones de la gente eran tan variopintas que sólo hacían un ruido extraño, siempre era más fácil ignorarlas y seguir caminando.

Fue inevitable que el arrepentimiento, inoportuno como siempre, visitara a María durante su recorrido. Para su inocente fortuna, la sorprendió en la escalera mecánica de la estación que, ineludiblemente sube a la superficie.

La ciudad que la recibía, se mostraba agitada como siempre. Era una agitación más cercana a la de una pesadilla, que aquella propia de una revolución exitosa, donde lamentablemente por más que se mueva y parezca despierta, permanece irremediablemente dormida.

Había escogido esa estación por su cercanía a la plaza de la libertad. Nombre que le habían dado los opositores al gobierno, de tendencia radical. Ella le tenía otro nombre, pero lo mantenía en secreto para ahorrarse polémicas.

Era una plaza espectacular, imponente, llena de historia moderna y de cuentos no muy lejanos. Símbolo completo de una ciudad y epicentro de muchos eventos. Unos muy buenos, muy humanos. Otros muy malos, muy políticos.

En los últimos 40 días, lo que había comenzado como una protesta pacífica se había ido convirtiendo en una guerra, que María no lograba comprender. Quizás lo más difícil para ella era entender por qué su hijo, un muchacho joven honesto y en el camino de la universidad, tenía que ser parte del ejército ciudadano.

La plaza estaba hecha un desastre, la línea de culpa de aquel escenario de guerra se había borrado entre los dos bandos, que se pasaban de un lado a otro. Hoy la plaza estaba atiborrada de gente de todas las clases, edades y motivos. María miraba desde su asombro aquella convulsionada protesta, buscando su ruta.

“Allá está”, pensó cuando vio el humo a lo lejos y las piedras que chocaban con perdigones. El frente de batalla era su objetivo. La imagen era mucho más aterradora de lo que se había imaginado pero, ni el escalofrío desde la nuca al talón o el temblor de las piernas, vencerían la determinación de María, que convencida de lo que tenía que hacer, dio su primer paso.

Caminaba a través de una masa de gente que para el enemigo sería todo un desorden, pero sólo bastaba fijarse un poco, para notar la perfecta estratificación que tenía. Cada grupo de personas tenía su razón de estar.

Al principio, los mayores guardaban su distancia de la batalla hombre a hombre, pero permanecían allí atentos y testigos. Adultos no tan mayores, muchos en parejas de recién casados, seguían después. Todos con sus celulares tratando de buscar un punto alto para poder grabar, como si aquello fuera digno de recuerdo, algo que ayudara o que permitiese superar el bloqueo de información que vivían en el país.

Unas niñas de veintitantos marcaban el siguiente estrato. Probablemente, hermanas, novias y amigas de los soldados que defendían la línea. Debatiéndose entre la necesidad de estar ahí protestando y sus ganar de ir más adelante, buscando la oportunidad para vociferar unas cuantas verdades en lenguaje prohibido. Al final, siempre terminaban respetando la orden de mantenerse allí, esperando, sin correr peligro y tener el teléfono en la mano por si algo sucedía.

Un poco más adelante, había personas con máscaras para protegerse del gas. Mujeres y hombres, que por su uniforme delataban su vocación a la medicina. Estaban allí en una guardia intensa, justo detrás del fuego, esperando a los heridos. Recibían a algunos mareados, otros baleados e incluso apedreados. Uno de ellos, una muchacha, fue la primera que tomó consciencia de lo que María estaba haciendo.

—Señora, ¿qué está haciendo? —le dijo mientras la tomaba del brazo— debe irse para atrás, más adelante es muy peligroso, por favor, regrese.

María como zombi volteó a ver a la muchacha que genuinamente estaba preocupada, pero su rostro lucía como aquel que aguanta lágrimas de ira y desesperanza. Las palabras no fueron necesarias para enviar el mensaje. La muchacha al verla entendió todo y la soltó del brazo. María estaba decidida y no habría nadie que la detuviese.

El siguiente estrato dentro del ejercito ciudadano era una pared transparente, invisible, pero enorme, construida de ladrillos macizos de adrenalina. Todo el que por allí pasaba, recuperaba las fuerzas necesarias para animarse a hacer frente a lo que le tocara después. María la aprovechó para tragar, y recordar que la respiración no era opcional. Sin embargo, tomando consciencia de su ubicación sacó un pañuelo del bolso y lo lleno de un liquido blanco que llevaba en un pote. Era una receta que le había preparado a su hijo, excelente para repeler los efectos de los gases lacrimógenos. Estaba lleno, pues su hijo pensaba que no hacía falta. Lo colocó en su nariz, parpadeó un poco para acostumbrarse al ardor de los ojos y sin perder su postura erguida continuó caminando.

Como acompañada por un angel, a María le tocó cruzar la barricada en uno de esos momentos donde ambos bandos se ocultan, para recargar y coger fuerzas para la nueva arremetida. En la calle sólo estaban los restos del enfrentamiento.

María encontró un espacio a través de la improvisada pero profesional barricada y siguió su camino, para cuando los estudiantes se habían dado cuenta ya estaba a mitad del trayecto de la línea de fuego. Volteó a mano izquierda y un camada de fotógrafos la miraban perplejos, unos a través del lente y otros con el ojo pelado.

Cuando estaba a escasos metros de los oficiales, todos se formaron en línea, exagerando la situación. Sin embargo, en ese universo mezclado de motivos y moralidad, uno de los oficiales comprendió realmente la situación y se adelantó hasta que estuvo en frente de María.

Ella lo miró por unos segundos, no porque no supiera que decirle, sino porque estaba tratando de tragar por última vez. El nudo de su garganta, no le daba espacio a la voz.

—Buenos días, señor oficial —dijo María cuando la barricada de su garganta entendió que era mejor construir puentes cuando hay algo que decir.

—Hace más de 20 días, me tocó limpiar el cuerpo sin vida de mi hijo. —Fue inevitable que la voz se quebrara, como su corazón. —Él murió en una marcha de éstas.

El oficial se removió el casco.

—Le quité todo lo que tenía encima y lo guardé en una bolsa… pero esto asumo que es de ustedes y quería devolverlo..

María le dio la cajita, que ya tenía rastros del sudor de sus nervios. El oficial la tomó y la abrió.

En primera instancia no comprendía lo que estaba viendo. Tuvo que analizar por partes mientras sentía su corazón acelerarse. El pequeño, inofensivo y hasta llamativo objeto, parecía estar hecho de metal. Era evidente que formaba parte de algo más grande y también mostraba señales de estar deformado.

Segundos, que parecieron horas para María, fueron necesarios para que el oficial juntara las piezas. Cuando entendió, no podía creer que un trozo de metal le enviara aquel escalofrío lapidante por el espinazo.

Allí, dentro de esa caja, estaba el resto de una bala.

María había encontrado la bala en una de las heridas mal lavadas de su hijo. Lo último que quería, era tener algo que ver con esa cosa. Pensó en todos los discursos que en su mente había practicado, ninguno pareció adecuado.

Dio media vuelta y comenzó a caminar.

Las lágrimas que María todavía no dejaba salir, se escapaban de forma muy tímida en los ojos del oficial, que sin palabras, se fue a refugiar y a reflexionar detrás de una de las tanquetas. El resto de ellos continuaba cargando las armas.

María detuvo el tiempo mientras que cruzó la barricada de ida y de vuelta. Caminó de regreso hasta donde estaban las chicas esperando a sus novios, hermanos y primos. Se plantó allí como para provocarse la ilusión de que esperaba por su hijo que estaría en el frente.

Una de las chicas la recibió con una palmada en el hombro. María se volteó, desdobló su bandera e hizo cara de nuevo a los oficiales que ya comenzaban a lanzar las bombas. Respiró, ahora sin pañuelo. Miró al cielo y, pensando en su hijo y el hijo de su amiga Rosa, se dijo a sí misma:

—Ahora sí.

Dándole permiso a la primera lágrima, que ya marcaba el camino por su mejilla.

Foto: del increíble @donaldobarros

Por dalvareze

Your sidebar area is currently empty. Hurry up and add some widgets.