Naciste

N

Rayos, centellas, recórcholis y repánpanos… Naciste.

Yo nunca había fallado tan miserablemente en algo para lo que había practicado tanto y, menos aún, encontrado tanta felicidad en un cálculo mal hecho.

Los mejores momentos de la vida, para mí, son los que descubres detrás de una esquina del tiempo cuando más lejos de ti parecen estar. Es mejor un 18 cuando esperabas un 13, que un 20 seguro. Una verdad que ha vivido siempre en mi pero que entendí a escasos dos meses del nacimiento de mi primera hija: hashtag La Pequeña Cay.

El embarazo es una ladilla. Claro yo soy hombre, por lo tanto puedo resumirlo en 4 conceptos: Paciencia, el eco salió bien, es un(a) niño(a) y paciencia una vez más. Para nosotros que gozamos de la bendición divina de un embarazo normal y saludable, más allá de esperar a conocer el sexo, no hay nada realmente emocionante. Y estaría bien, solo si uno pudiese pensar otra cosa distinta a “voy a ser papá”.

Cuando uno se fija y logra ver la honestidad en los ojos de quienes hablan de sus hijos, comienza a sospechar que algo mágico y universal se oculta detrás un hecho tan común. Y la cabeza comienza a dar vueltas.

Desde que me enteré que estábamos en estado, las emociones se fueron de montaña rusa y se paseaban de la alegría al pánico, incluso a veces por la misma razón. Se siente la apertura de una nueva vida por delante como si fuera la de uno, y por lo menos a mí, me dieron ganas de vivir mejor y tener todo listo para ella. Listo… Manos a la obra, un plan era necesario.

No lo escribí pero sí pensé hasta como debía cargarla un papá como el que yo quiero ser. Planeé por supuesto las horas que iba a escribir al lado de su cuna. Pensé en guarderías, colegios, instrumentos musicales que aprenderá a tocar, a que edad comenzaría con el inglés, inclinaciones religiosas y todo lo que tengo para contarle de la Venezuela que casi perdíamos.

Invertí cada eterno segundo de la “dulce” espera, en la elaboración del plan más detallado que Dios haya desecho en la historia… y naciste.

Rayos, recórcholis y centellas. Naciste…

Me bastó un nanomilisegundo para darme cuenta que no había entendido nada. Que los meses de preparación los había perdido por completo. El plan ya estaba en la basura.

Me gustaría decir que fue desde el momento en que te vi, pero para mi las primeras horas fueron inconciliables. Mi mente y mi corazón hicieron corto circuito y fue solo después de un rato que, paradójicamente, supe que no sabía nada. Entendí:

Que no era que me estabas cambiando el plan, sino que no hacia falta planear más nada.

Que no fue que me quitaste las preocupaciones, sino que entendí que no eres mía, sino tuya misma, de Dios, de la vida. Y desde el principio no hay nada que pueda hacer, más que amarte.

Que no es que la lista de los pendientes cambió. Es que sentí que ya todo estaba hecho.

Que no se trata de lo fue o será. Sino solo y exclusivamente de lo que es, y que eso en sí es infinito.

Que ya no importa que mi papá no esté para enseñarme a ser como él, porque que lo que importa es que tú seas niña.

Todo el mundo te dice lo que piensa, lo que ha vivido y lo que te espera durante esos nueve meses y hoy, cuando se que no importa saber nada, me recuerdo de una frase que me dijo el gran Omar Alvarez: “por fin conocerás el amor verdadero”.

Por lo menos hasta hoy, no encuentro mejores palabras para definirlo.

Ahora todos me preguntan: ¿y como irá a ser? ¿será cantante? ¿será inteligente? ¿se le quedarán los ojos azules?… y yo pienso, para mí y para ti, que no importa lo que seas, porque ya eres. Eres mi hija.


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Por dalvareze

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